La literatura fue mi primer amor.

 Y al igual que a una mujer, yo la quise sin medida y sin condiciones desde que aprendí a leer y descubrí el mundo de los libros cuando tenía cinco o seis años de edad. No existe en mi memoria un día que no haya tenido un libro a la mano. No jugaba con los demás niños del barrio donde vivíamos porque sencillamente yo prefería leer. Mi hermano mayor, Fernando, fomentaba divertido mi pasión al comprarme los cuentos y libros usados que vendían en las calles de Tacuba por un peso o dos.

 

 Cuando comencé a trabajar a los 10 años para ayudar a mi madre con los gastos que le ocasionábamos sus cinco hijos, el mundo de las letras se expandió en mi horizonte. Yo le entregaba a mi madre mi salario íntegro, pero lo que ganaba en propinas era para mí y yo lo gastaba completamente en revistas y libros. Cuando me enviaban a entregar un mensaje o un paquete, yo caminaba por las calles leyendo lo que tuviera en mis manos; así fue como leí desde periódicos hasta manuales mecánicos mientras caminaba por las calles de la ciudad de México encerrado en mi mente con mis amigos de tinta y papel. Nadie supo por qué nunca me atropelló un auto.

 

Después comencé a crear mis propias páginas y eso me llevó a escribir y publicar por primera vez un cuento a los catorce años. Fue entonces cuando comencé a estudiar seriamente la posibilidad de dedicarme a escribir. Pero como adolecente, mientras más analizaba el ambiente literario de México, más desencantado me sentí. Descubrí que en México no importa realmente lo que escribas, ni la calidad de lo que escribas: lo que realmente importa es pertenecer a alguno de los grupos que dominan el ambiente literario y que se van rotando los puestos del poder intelectual.

 

Desde que el más grande escritor de México, José Vasconcelos, comprometió su considerable capacidad intelectual para aceptar un puesto político, el rumbo quedó marcado. Después de la Revolución Mexicana, con pocos lectores en un país mayoritariamente analfabeta y sin dinero, los escritores mexicanos se hicieron políticos para sobrevivir. Después, al paso de los años y conforme se fue consolidando el poder del PRI, los escritores en México descubrieron que era más cómodo convertirse en parte del grupo político en el poder, que mantenerse al margen. Y así fue como comenzó la absurda tradición del intelectual orgánico. El que no aceptaba un puesto en la burocracia del PRI, simplemente no existía ni se le reconocía. No podía publicar, y si publicaba por su cuenta no podía distribuir sus libros y era ignorado. Se convertía en nadie. Pertenecer al sistema era la única forma de destacar. Para muchos, era la única forma de sobrevivir. Aceptaron el beso del diablo sin darse cuenta.

 

Todos los intelectuales o escritores mexicanos que han sido reconocidos durante el siglo veinte, fueron producto del sistema burocrático y político mexicano -leáse el PRI.

 

Todos ellos. Desde Torres Bodet hasta Octavio Paz.

 

Esa tradición continúa hasta el día de hoy y es por esto que en México existen desde hace varias generaciones los mismos personajes en el ambiente literario. Son los mismos que cada año se reparten los premios, el presupuesto público, y son quienes dictan que es aceptable y que no. Son como putas viejas y podridas que se alaban mutuamente su belleza.

 

Desde pequeño aprendí a despreciar el ambiente literario de México. Me horrorizaba -me horroriza aún- la idea de ser un burócrata de la cultura. Jamás me interesó formar parte de ningún grupo para conseguir unas migajas de un supuesto reconocimiento, y unas cuantas monedas para comer a cambio de comprometer mi pensamiento.

 

Procuré escapar de ese ambiente desde mi adolescencia y fue por eso que salí de la capital desde muy joven, para viajar por todo México, Estados Unidos, y Canadá.

 

Estoy convencido que eso me salvó de quedar atrapado en ese círculo del infierno que es el ambiente literario de México.

 

Desde entonces decidí también que nunca escribiría por escribir. Ni por consigna ni por obligación. En algún periodo de mi vida, después de que renuncié a seguir como asesor sindical porque se asemejaba mucho a un puesto político y me comenzaban a cortejar los representantes de las fuerzas vivas para darme un puesto, escribí algunos artículos que me solicitó el entonces director del UnoMasUno, Becerra Acosta. Pero la idea de escribir a guevo me da gueva. Para mi las palabras plasmadas en papel deben tener la firmeza de la eternidad. Es decir que procuro escribir solamente la verdad, incluso cuando escribo esa forma de mentira que es la ficción. Y esa verdad yo no la encuentro tronando los dedos.

 

Esto no significa que mi amor por la literatura se haya extinguido. Para nada. Sigue tan ardiente como al principio y he escrito varios libros, tanto en español como en inglés. Y hay que recordar que para escribir se requiere de una disciplina muy solitaria. Especialmente si además de escribir tienes otros amores que requieren de tu atención, como yo. La escritura es la disciplina más solitaria de la tierra: un escritor trabajando no puede compartir con su público, como el músico, ni chacotear con sus modelos, como el pintor o el escultor: es él y la letra escrita.

 

Esta es la mía.